Una triste noticia nos golpeó en los últimos días, cuatro menores que se encontraban privados de la libertad fallecieron calcinados luego de que se iniciara un incendio en la Alcaidía provincial. Las víctimas son Nelson Fernández, Franco Nieva, Nelson Molas y Franco Sosa, de entre 15 y 17 años de edad. Se encontraban “demorados” desde hacía varios días por ser considerados posibles autores de los delitos de robo simple en grado de tentativa y hurto simple en grado de tentativa.
No es sencillo traducir en palabras la indignación que nos invade frente a cuatro víctimas evitables de la inagotable prepotencia estatal.
La triple condición de humildes, menores e imputados conspira contra la indignación del ciudadano promedio. No habrá masivas marchas reclamando seguridad, no se juntarán firmas —y quien lo haga no acumulará demasiadas— para obtener una reforma legislativa, nadie más que sus familiares y amigos sentirán el desgarro de esas ausencias. En pocos días el mundo seguirá su frenético ritmo y la Alcaidía reabrirá sus siniestras puertas y los menores rebeldes volverán a ser puestos “a disposición de la justicia” por lapsos inexplicables.
Sin embargo, mientras el Estado pretenda ocultar la exclusión de los menores con castigo y represión y existan funcionarios que por inaceptable apatía contribuyan a preservar el estado de cosas, desconociendo que son empleados de la sociedad con obligaciones irrenunciables, esencialmente hacia los olvidados y los avasallados, o disponiendo con aséptico desinterés de la libertad de las personas como si se tratase de una suerte de ortopedia moral, entonces debemos esperar muchas Alcaidías más.
De los grupos excluidos o postergados el de los niños, niñas y adolescentes es el que se encuentra en peor situación por su menor visibilidad y por la dificultad que tienen como colectivo para agruparse, expresarse, reclamar y rebelarse. Es por ello que requieren de la sociedad una atención especial, mayor protección y un marco normativo y de aplicación de la ley que considere tanto su fragilidad como su condición de personas en proceso de definición. ¿Cómo podemos proteger o ayudar a un menor mediante el encierro bajo la custodia de personal policial?
A nivel normativo existe un marco de protección mediante la Convención sobre los Derechos del Niño (de rango constitucional en nuestro país) que dispone que la privación de la libertad de niños, niñas y adolescentes debe ser utilizada en última instancia, cuando no existan otras posibilidades menos gravosas para el menor. En idéntico sentido la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en su reciente informe “Justicia juvenil y derechos humanos” de julio de este año, exhorta a los Estados a abolir las penas privativas de libertad para los menores. Sin embargo la práctica cotidiana nos ofrece un espectáculo hostil, ya que ni las fuerzas de seguridad ni los funcionarios judiciales respetan los mandatos legales y convencionales.
Los menores víctimas estaban encerrados hacía varios días “a disposición” de la Justicia de Menores (sutil ironía) por delitos que no ameritan la privación de libertad. El panorama es sumamente desalentador: el Estado priva a personas menores de su libertad, los delitos por los cuales se los investiga no revisten gravedad alguna, los menores son detenidos a disposición de los jueces por varios días sin razón suficiente y el lugar de encierro no es adecuado para esa función. Esta suma de factores absurdos nos entrega la evitable muerte de cuatro pibes.
Aquellos que piensan que la seguridad se construye mediante un accionar represivo por parte del Estado y que en consecuencia exigen castigos más fuertes y encierros prolongados quizá comprendan a partir de este nefasto desenlace que el remedio tiene severas reacciones adversas, unas más notorias que otras, pero todas por igual lamentables y evitables. Se exige al Estado de modo cotidiano que nos garantice la seguridad, pero ¿quién nos protege del Estado mientras intenta brindarnos seguridad?
¿Es que son necesarias cuatro muertes para que las personas que representan al Estado comprendan la gravedad de las decisiones que toman? El juez o fiscal que olvide que detrás de cada expediente existe una persona con un bagaje existencial y que cada privación de libertad que ordena no es el frío cumplimiento de la ley ni la heroica acción de impartir justicia, sino la nefasta generación razonada de dolor debe, por el bien de la comunidad, renunciar a su cargo y así colaborar con la formación de una sociedad más justa e inclusiva.





